Semblanza
Oriunda de la Ciudad de México, en el culto entorno familiar donde nació y creció la artista escuchar música clásica en vivo fue parte de su cotidianidad, pues sin dedicarse a ella profesionalmente, su padre, abogado, fue un consumado ejecutante de varios instrumentos.
En su hogar también eran frecuentes las discusiones filosóficas sobre teoría del conocimiento y las referencias a los clásicos griegos, lo cual propició en ella una personalidad inquieta y dilucidadora. Por ello, de modo paralelo a su propensión por la plástica, llegó a cursar estudios universitarios de Psicología (Desarrollo Humano), aunque la inclinación por el arte ganó la partida de su interés vital cuando eligió profesión.
Sin embargo, esta formación humanista le ha sido muy útil en las actividades que lleva a cabo en la Colonia Buenos Aires de la Capital, donde bajo su dirección varios miembros de esa comunidad, trabajan en la conformación de esculturas realizadas a partir de piezas automotrices.
Poseedora de lo que la generación del Centenario llamaba "Eros didáctico", ha impartido cursos de apreciación artística y terapia de arte en escultura y dibujo, así como ha coordinado diversos foros en México y el extranjero. En uno de ellos, sobre " Arte y Ciencia", llevado a cabo recientemente en Canadá, dirigió artistas visuales de todo el mundo.
Por otra parte, de una generosidad proverbial, se ha ocupado desde hace años en descubrir y rescatar jóvenes escultores de provincia, relacionándolos con las instituciones y personas que los pueden ayudar en la difusión y realización de su obra, como partes del programa del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.
El cumplimiento de su vocación plástica, aceptada con inflexible disciplina, ha fructificado espacialmente en un continuo dinamismo de volúmenes y vacíos, prominencias y oquedades, cuyo sutil erotismo ha encontrado apoyo en lecturas de filosofía tántrica, que señala la identidad de la energía cósmica y la energía sexual. Esta convicción permea todo su acervo, pleno de imaginación desbordante, habitado por la tensión de los opuestos y la creación de movimientos ópticos, ejercicios de ponderación y equilibrio, en el que los contrarios, luz y sombra, movimiento y fijeza, ausencia y plenitud, levedad y solidez, se unen en armoniosa convivencia. Obra prolífica y diversa, de fulgurante y sobrio cromatismo, por la cual ha recibido valiosos premios y reconocimientos en México y el extranjero.
Concurrió desde los seis años de edad al taller de su tía, la vitralista y escultora Elene Domenge (Kitzia Hoffman) y, también en sus inicios, al de pintura de Benjamín Molina. Se inscribió en la Escuela de Artesanías No.5 del INBA, donde asimiló, entre otras cosas, el colorido característico de nuestras expresiones populares, que luego trasladará a su obra escultórica: el tinte rojizo de la cochinilla, el azul añil, el amarillo del azafrán, el resplandor refulgente de la hoja de oro, la reverberación de la hoja de plata bruñida, etc.
Estudió también en Montreal, y en Washington, D.C. así como en el taller de escultura de Alberto Pérez Soria, donde entre otras cosas aprendió el manejo de las escalas de pequeño y gran formato.
Trabajó en un taller de fundición hasta apropiarse de los secretos del proceso mediante el cual el bronce toma el lugar de la cera perdida, así como aprendió a lograr las variadas pátinas de este metal escultórico. Actualmente, además de la práctica cotidiana, continúa efectuando investigaciones de índole técnica y científica en su propio taller, y en el Instituto de Investigaciones Nucleares.
Es ejemplar su entrega al oficio. La energía de su creatividad tiene origen y fuente en el afán de "recrear en tridimensionalidad formas que sólo existen en mi interior; Darle forma a mis cuestionamientos ha sido mi leitmotiv".
El término musical que finaliza la cita da en el blanco, atina en más de un sentido. Por ejemplo, su amplia producción de esferas bien podría llevar el título de una partitura: "Tema y variaciones". No en balde el agudo escritor campechano Juan de la Cabada, opinó que "La obra de la escultora mexicana Yvonne Domenge es como una danza de formas con su lineal plasticidad y música".
Su extraordinaria capacidad manual es evidente sobre todo en los pulidos acabados de la factura de su obra. Ha esculpido tanto en madera, piedra, bronce, acero al carbón e inoxidable, plata, hielo, resinas, cera, jabón, porcelana, así como en la experimentación de los más variados materiales.
Miembro de la generación que asumió el cambio tecnológico de nuestro tiempo, sus herramientas han sido tanto el cincel y el martillo, el lápiz y el papel, como los aparatos neumáticos y el uso de la computadora en la construcción mecánica y microscopios electrónicos.
De la esférica idea de las cosas
Una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna.
Pascal
Luego de transitorias incursiones figurativas, que la artista remite a "búsquedas de identidad", principalmente representaciones estilizadas del cuerpo femenino, dio rienda suelta a la abstracción geométrica, sustentando sus búsquedas en la esfera, que le fue obsesionante. Modelo predilecto, la ha tratado con enorme versatilidad en múltiples creaciones, donde esta forma se manifiesta, cerrada o abierta, orgánica o geométrica, a lo largo de todo su desarrollo artístico.
La fijación respecto a la esfera, o más bien esta pasión, en los dos sentidos del término: vocación indestructible, dedicación y padecimiento, agonía, proviene de su infancia, cuando escuchaba en las tertulias familiares hablar de las mónadas de Leibnitz, esos entes indivisibles, unidades de energía, que componen el universo según la metafísica del filósofo alemán, quien definió:
"no es sino una sustancia simple (...) 'Simple quiere decir sin partes. Ahora bien, donde no hay partes no puede haber extensión, ni figura (...) 'Puede también juzgarse que esa sustancia única, suprema, universal y necesaria, debe ser incapaz de admitir límites. y donde no hay límites, es decir, en Dios, la perfección es absolutamente infinita (...) , Así pues, sólo es la unidad primitiva o sustancia simple originaria y todas las mónadas creadas o derivativas son producción suyas".
Respecto a esta producción divina, la mónada, la cual según Leibnitz anota entre sus cualidades la de no poseer extensión ni figura, desde su más tierna infancia a nuestra escultora se le ocurrió que, por la perfección incuestionable de su forma, debía de ser necesariamente esférica: "reto que me tuvo cautiva durante más de veinte años que me tomó dialogar con ella. Su perfección y ser punto de origen y partida, me obligó a respetarla, a jugar con ella, a llorarla y a gozarla. Descubrí a la esfera desde su fase monolítica hasta que logré fraccionarla de tal forma que me develó su interior ."
¿Por qué quiso el destino que Yvonne Domenge se obsesionara por esta figura geométrica, a tal punto que dedicara talento y vida a desentrañar sus secretos?
Como respuesta a tal pregunta tenemos las innumerables producciones de la artista, quien actualmente ejerce, en la plenitud de su vida, el dominio magistral de sus medios expresivos.
Para nuestro gozo y disfrute, en el brillo deslizante de la superficie de sus piezas, en la perfección formal de su escultura, prevalecerá la grandeza de concepción de su ambiciosa propuesta tridimensional.
En esto y en la inherente monumentalidad de sus piezas, sin importar la escala de las mismas, se encuentra una correspondencia literaria, un paralelismo poético con un texto de la extraordinaria poetisa -o poeta, como a ella gustaba llamarse-, Guadalupe Amor, que es inevitable citar:
De mi esférica idea de las cosas,
parten mis inquietudes y mis males,
pues geométricamente pienso iguales
lo grande y lo pequeño, porque siendo,
son de igual importancia; que existiendo
sus tamaños no tienen proporciones,
pues no se miden por sus dimensiones
y sólo cuentan porque son totales,
aunque esféricamente desiguales.
( de "Yo soy mi casa". )
Aunque dedicadas a diferentes disciplinas artísticas -la poesía y la escultura- es notable la coincidencia en ambas autoras por esta elección geometrizante y definitiva.
Si recordamos que poesía -poesis- en griego quiere decir creación, son poetas o creadoras tanto la una como la otra.
Protagonista de otro poema, escrito por el arquitecto Agustín Hemández, con quien le une una mutua admiración y común interés en los orígenes, la simbología, los mitos y los rituales, y a quien le debe saber que "el orden crea libertad", Yvonne Domenge ha colaborado en la realización de esculturas para espacios específicos de las edificaciones del arquitecto, quien poetisa el momento en que:
Ante un espectáculo
De formas geométricas
Le atrae a una niña un círculo.
Temática
A partir de la vasta representación escultórica de las Mónadas, han continuado, en la carrera artística de Yvonne Domenge, otras búsquedas y encuentros, otras indagaciones y logros. Haremos referencia a varios ejemplos, en la secuencia cronológica como surgieron a través de su labor infatigable, de superación creciente, en la inteligencia de que algunas de las series que se anotan enseguida pudieron ocurrírsele de manera coincidente, así como desde su concepción la escultora también pudo añadir y/o combinar los hallazgos plásticos precedentes en las sucesivas realizaciones.
Por un giro introspectivo surgió en ella la necesidad de comprender y celebrar la capacidad demiúrgica y creativa de la mano, ese instrumento hacedor de instrumentos del homo faber y mediante el cual se divierte el homo ludens. Necesidad que ha buscado satisfacer en su serie Manos (Mudra en hindú), en la que Yvonne Domenge hace alarde de su característica versatilidad.
Llama poderosamente la atención un Yugo, talla directa en madera de caoba, de prehispánico antecedente, parte del vestuario de los contendientes del juego de pelota, reflejo de la constante lucha astral en que los antiguos mexicanos creían se hallaba el cosmos, que figuran dos brazos estrechando sus manos, con el cual, según confiesa, quiere Yvonne al morir ser enterrada, protegiendo la cintura de su cuerpo, entre otras manos de diverso material y variadas tendencias artísticas, en las que emerge nuevamente su obsesión por la esfera en varias de ellas.
Sin abandonar la forma redonda, y continuando en la vertiente cósmica de su obra que es, en sus mejores momentos, prodigioso enlace, puente propiciatorio entre el macrocosmos y el microcosmos, la serie de Soles nos brinda la oportunidad de contemplar a la deidad celeste por excelencia, en representaciones escultóricas que enfatizan su esplendor, como en El SolInvictus, talla directa de madera, 2.10 por 1.80 mts., entintado con cochinilla, una oquedad que despliega ondulantes rayos; y, de oquedad central, Sol Primigenio, cuyas dimanaciones culminan en un perímetro cuadrado; hay otro, con el mismo título de Sol de Chalak, en madera de Nopo, de 1.50. mts. de altura, entintado en azafrán, de gajos helicoidales y gran dinamismo.
Por cierto, la hélice y el movimiento centrífugo de su conformación ha sido factor en muchas de sus creaciones, sean esculpidas en base a un solo bloque o divididas en módulos, que se integran embonando en sus extremos, como en Viento de arenas, bronce, Clythia (flor que siempre ve al sol) Doliver, en acero al carbón; Karlain II, piedra de cantera, que representó a México en el Salón de las Bellas Artes del Louvre, entre otras piezas que van del pequeño formato al monumental y se encuentran lo mismo en interiores que en espacios urbanos.
Ligada a la anterior en la inclusión temática del astro rey, si bien dentro de la órbita de su inclinación por temas filosóficos, en este caso el paso del tiempo, lo llevó a mesurarlo, a humanizarlo, mediante el transcurrir celeste del sol, reconciliándose así con el misterio que encierra, gracias a la realización de Relojes solares, que aúnan a su soberbia belleza e impecable factura técnica la precisión cronométrica: la verosimilitud de su cómputo temporal. Uno de ellos, monumental, de 4 mts. de circunferencia, en acero al carbón, se encuentra en el museo Universum, en la Ciudad Universitaria de la UNAM. Pieza que cumple con creces la relación arte-ciencia, que este museo tiene como objetivo, al poner la ciencia al alcance de todos de manera entretenida.
Luego, habiendo pasado de la forma monolítica a la intermitente apertura de la esfera, la descubre totalmente abierta y fraccionada al realizar una representación tridimensional de origen antropomórfico: el hueco de la mano, recipiente primigenio que contuvo en épocas ancestrales la bebida vital por antonomasia, el agua, que con Nefeles, nubes, también recipientes acuosos, de naturaleza etérea, devino en la serie Cuencos, cóncavos receptáculos de espejos de agua o partículas de arena, que muestra otra etapa en su discurrir creativo.
Siguió en su interés la denodada labor de compartir el entusiasmo por la exquisita y precisa belleza de las Estructuras moleculares, las cuales observadas con paciencia y asombro a través del microscopio electrónico, han sido trasladadas a creaciones tridimensionales en diversos materiales y escalas, pero no como una mera copia o calca, sino con la impronta original de su autora, pues como dice Roland Barthes: "la obra de arte es lo que el hombre arranca al azar".
En estas creaciones es notable la multiplicidad geométrica, sobre todo en Dimensiones Estelares. También habrá que mencionar: Homenaje a los miges, en madera de Tzalam, Dimensión de Geodi Nectuni, madera entintada en añil; Kosmos I, cinco esferas de 2 mts. a 80 ctms. en madera, acero inoxidable, acero al carbón y bronce, Microcosmos, bronce, y Sol interior en madera, entre otras.
No obstante su origen científico, o precisamente por ello mismo, la cinta de Moebius y la espiral del ADN concurren en la interpretación tridimensional de los Mandalas de nuestra autora. Esculturas espirituales en las que escorzos de cintas sin fin, realizando laberínticas evoluciones, conducen al sendero de la meditación e incrementan así la amplitud y profundidad de la conciencia. Son admirables, entre otras, en esta serie de referencia tibetana, las flexibles contorsiones, pese a la dureza del material utilizado, de Elán Vital III, en bronce; Karlain I, mandala en piedra blanco Cancún; Concidentia Oppositorum, en acero inoxidable y la poderosa Enlace-Energía interior, en bronce, todas ellas de gran formato.
Prodigalidad sensual y el misterio de la creación de la vida expresan las Semillas que ha realizado la escultora "buscando lo que nos cambia el nivel de conciencia". Con materiales diversos, proponen idéntica finalidad: un elogio a la perfección del ser que lleva en sí mismo tanto a la flor como al fruto. Piezas de una tersura impecable, como si estuvieran ávidas de calor humano, ejercen una irreprimible tentación por palparlas, recorrerlas, acariciarlas.
Figuras alargadas, ya verticales u horizontales, serie en la que es notable la ondulante y monumental Aurora boreal, madera entintada en añil, expone la sabiduría volumétrica de la autora al resolver magistralmente el encuentro de la oposición de fuerzas antitéticas, evidente en Opuestos, madera entintada en cochinilla, Cariátide, bronce; y en un espiral y curioso Autorretrato, talla directa de madera entintada en añil, en la que su autora ha expresado "las contradicciones que habitan mi interior", mediante un lenguaje abstracto.
Las Piezas urbanas de gran formato, casi todas ellas de esférica conformación, que adornan varios sitios metropolitanos, han consolidado el bien ganado prestigio de la artista, a quien le fascina la interactividad del transeúnte con sus piezas: "que las toquen, las pinten, se suban en ellas o se protejan en su interior. Siento que así ya pertenecen a la comunidad donde se ubican".
De esta serie sobresale, por la complejidad de elementos geométricos que la integran, resuelta pese a ello con el donaire y la gracia característicos, Dimensión 5, de acero inoxidable, 4 mts. de diámetro, que conmemora el 40 aniversario de la energía atómica en nuestro país, ubicada en el Instituto de Investigaciones Nucleares; de esta pieza existe una réplica en plata y, en el mismo metal, la medalla conmemorativa, y otra de un metro de altura, en acero inoxidable, que forma parte del acervo del Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México.
Otras piezas colocadas en plazas y parques, que cumplen a plenitud su función estética monumental: la certera adecuación al ámbito que transforman con su presencia, son Eco de 5 instantes, de 4 mts. de diámetro, en acero dulce (ENEP Zaragoza); Clythia, también de 4 mts, en acero al carbón (Tec de Monterrey) y Karlain I, de tres metros en bronce, entre otras magnas esculturas.
Tales son, de modo general, panorámico, con ánimo de agrupar, clasificar, gracias a sus características comunes, las series de esculturas que se deben a la mano de la escultora mexicana Yvonne Domenge, cuya persistencia en el oficio ha ocupado la mayor parte de las horas de los días de su vida. Y también de sus noches. Me ha contado que en algunas ocasiones, súbitamente despierta, se ha levantado de la cama donde dormía para bocetar, en el primer papel que encuentra a mano, la solución plástica que ha iluminado el sueño, respecto a ciertas dificultades de la pieza que estaba en proceso de elaboración.
Sí, no hay duda, la inspiración existe: es posible escuchar la voz de la musa que, según los griegos clásicos, dicta la poesis . Es quizá un premio inesperado, una recompensa impensada, aunque merecida, a la constancia, el trabajo y la concentración que exige el don creativo: esa capacidad para lograr el surgimiento de la obra, antes invisible, pero viva en la imaginación, que se apropia, gracias a las manos del artista, de un lugar en el espacio.
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